Carmen Martínez Amat.

4 Ene

De pié,
afirmando el límite de la ciudad bastarda,
un hombre espera.
La lluvia ausente, el humo,
las maletas,
el sudor bajo el cuero.
El espacio se contrae para abrazar
la vida que se cierra,
culminación de una certeza
que dibujan dos extraños
que se amaron
en tiempos de sequía.
La claridad severa,
se impone.
El medio día expulsa
al ocaso que los trenzaba,
láminas de un sol fulgente
donde no anidan las sombras.
Cuando todo se ha vertido
más allá de lo probable,
la espera es sólo un gesto
condescendiente,
una quimera,
una muerte
al fin consumada.

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