Remei MARGARIT

24 Ene

Parece ser que llegamos a este mundo con las posibilidades abiertas de ser personas con “sentido y sensibilidad” -le robo la frase a Jane Austen-, es decir, que se supone que desarrollaremos nuestras aptitudes individuales y sociales para llegar a una convivencia creativa y satisfactoria con los demás. Tenemos a nuestro favor, los que podemos contar con ello, a la ciencia y a la técnica desarrollada hasta nuestros días y, sobre todo, la historia del pensamiento acumulada como un patrimonio colectivo. Pues bien, parece ser que la cosa no acaba de funcionar porque el improperio, el lenguaje burdo y los malos modales se van adueñando del espacio público y convierten a los posibles seres humanos en energúmenos de variadas especies.

¿Desde cuándo y por dónde se rompe el delicado equilibrio que nos puede llevar a convertirnos en auténticas personas? Creo que los niños aprenden lo que ven más que lo que se les dice y si no se les ha respetado su sensibilidad primera, tomándola como motivo de burla o peor, como un defecto, se invierte el proceso de crecimiento. Así que, en las raíces de un comportamiento brutal y desconsiderado, lenguaje incluido, puede que se halle la abdicación de todo lo que comporta el ser. Puede decirse que la persona que llega a la adultez con un tipo de lenguaje hiriente y grosero es que se ha perdido por el camino, no ha perdido “algo”, sino él mismo.

La sensibilidad es el elemento que nos preserva de la destrucción interna y que nos da el acceso a comunicarnos con los demás. A veces se habla de ella como de una vulnerabilidad defectuosa del individuo cuando es justo al revés, la persona que la cultiva es mucho más fuerte frente a lo que vaya llegando.

También se habla de la necesidad de endurecerse, de no hacer demasiado caso de los sentimientos, pero sin sentimientos no llegamos a ninguna parte. Porque ¿qué hay en el mundo que valga la pena si uno no puede amar ni ser amado? Para convencer se necesita un grado de seducción que proviene de la sensibilidad y que, por ello, conecta con las otras personas. Podríamos concluir, pues, que es justamente por la sensibilidad por donde pasa el sendero que nos lleva a entendernos.

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